La trashumancia ya es BIC en Madrid: los caminos y tradiciones que sobreviven al paso del tiempo
La Comunidad protege la trashumancia como patrimonio inmaterial por su huella en el paisaje, las vías pecuarias, la vida de los pastores y las fiestas populares
La trashumancia, una práctica ganadera que durante siglos ha marcado la vida rural y la relación entre las personas y el territorio, contará con una nueva figura de protección en la Comunidad de Madrid. El Consejo de Gobierno ha aprobado declararla Bien de Interés Cultural (BIC) en la categoría de patrimonio inmaterial, un reconocimiento que pone en valor tanto el traslado estacional de los rebaños como las costumbres y los conocimientos asociados a esta actividad.
La práctica consiste en desplazar el ganado, principalmente ovino, caprino y vacuno, entre diferentes zonas en busca de pastos y condiciones climáticas más favorables. Durante generaciones, estos recorridos han condicionado la vida de los pastores y sus familias, que adaptaban sus rutinas a los ciclos de la naturaleza y a las necesidades de los animales.
Su importancia va mucho más allá de la ganadería. La trashumancia ha dejado una huella visible en el paisaje madrileño, con construcciones tradicionales como chozos, tinados y casetas para refugiar a los pastores, además de corrales, majadas, apriscos y toriles destinados al ganado.
Las antiguas rutas ganaderas que atraviesan Madrid
Uno de los principales legados de la trashumancia es la red de vías pecuarias que se extiende por la región. Cañadas reales, cordeles, veredas y coladas formaron durante siglos una red de caminos que permitía trasladar los rebaños y conectaba distintas poblaciones.
Entre los itinerarios más destacados figuran la Cañada Real Segoviana, que atraviesa la Comunidad de Madrid de norte a sur, y la Cañada Real Leonesa Oriental. También forman parte de este patrimonio el Cordel del Puente de San Fernando a El Pardo, la Vereda de la Canaleja y la Vereda de la Soledad, junto con las coladas y los descansaderos de la Sierra de Guadarrama.
Estos caminos facilitaron el intercambio de productos, conocimientos y costumbres entre distintas localidades. Su trazado también contribuyó a organizar el uso del territorio y a mantener relaciones económicas y sociales entre comunidades rurales.
En la actualidad, la trashumancia madrileña se concentra fundamentalmente en la Sierra Norte, la cuenca del Guadarrama y la cuenca alta del Manzanares, zonas donde la actividad ganadera conserva parte de su vínculo tradicional con el paisaje.
Mantener viva la tradición
El patrimonio trashumante también se encuentra en los objetos cotidianos que acompañaban a los pastores. Cayados, ganchos y garrotes servían para conducir y manejar el ganado, mientras que los calderos de hierro, las fiambreras, los punzones y los tajos de madera formaban parte de la vida diaria durante los desplazamientos.
A estas herramientas se suman las expresiones festivas y religiosas que han llegado hasta nuestros días. Las fiestas de las vaquillas de Pedrezuela, Colmenar Viejo y Navalafuente, las cencerradas de Valdemanco, La Hiruela y Robregordo, y la Pastorela de Braojos son algunos ejemplos de cómo la cultura pastoril sigue presente en las tradiciones de los pueblos madrileños.
La protección como Bien de Interés Cultural reconoce este conjunto de prácticas, conocimientos, objetos y manifestaciones populares, cuya importancia no depende únicamente de que continúe el traslado de los rebaños, sino también de la transmisión de sus costumbres entre generaciones.
Rconocido también por la Unesco
La decisión de la Comunidad de Madrid se suma al reconocimiento internacional de esta actividad. En 2023, la Unesco incluyó la trashumancia en su Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, destacando su relación con la conservación de los ecosistemas, los conocimientos tradicionales y la identidad de las comunidades ganaderas.








