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Adolescentes: algunos consejos
El profesor Urra pide que se trabaje el pensamiento razonado en el seno de las familias
El adolescente quiere explorar, pero no tiene mapa, ni brújula. Intenta no juzgarlo, pide su opinión, sin fiscalizar, interésate por cómo se siente, mostremos la visión adulta y el amor incondicional y en lo posible evitemos el enfrentamiento.
Desde el respeto mutuo trabajemos el pensamiento razonado, busquemos hábitos en el hogar y horarios previsibles, pues los adolescentes precisan marcos contenedores, una estructura de seguridad, siendo que reglas y rutinas, las favorecen.
Valoremos y prioricemos lo esencial sobre lo superfluo. No generemos expectativas que luego resulten inviables. Las normas y las sanciones se cumplen. Sí o sí. Supervisemos el adecuado y necesario descanso, fomentemos el ejercicio físico, facilitemos y promovamos la correcta alimentación.
Seamos congruentes, coherentes y previsibles. No presionemos constantemente y sin descanso. Exijamos en lo fundamental, y seamos flexibles en aspectos no tan relevantes (por ejemplo la decoración de la habitación).
Cuidemos el esencial ejemplo, no sobreprotejamos, no eduquemos desde el miedo.
Dejémosles reflexionar, preguntémosles sobre lo que a ellos les interesa, compartamos nuestros problemas de adultos, establezcamos un espacio de conversación bidireccional. Respetemos su espacio íntimo, busquemos que se sientan a gusto en el presente.
Ayudémosles en su hoja de ruta, fomentemos sus preferencias, sus talentos y capacidades.
Como padres, dominemos las ansiedades, eduquemos en la serenidad, enseñemos a regular su comportamiento, a retardar las recompensas, a observarse a sí mismo.
Enseñemos a comunicar con su propia mente, a conocer los propios sentimientos, a ser conscientes.
No los incapacitemos, no los hipertrofiemos, no busquemos ser sus guardaespaldas. Dejemos que se muestren sinceros, fluidos, no cortemos la comunicación.
Recordemos que educar es dejar ir, que los hemos de preparar para el camino, no el camino para los hijos.
Fortalezcamos su resiliencia, que asuman la frustración, que manejen la impotencia, la rabia. Eduquemos en la vivencia de los otros, la preocupación empática, la compasión.
Las expectativas de los progenitores conviene sean razonables, anticipando que no todos los adolescentes son clónicos. Padres accesibles, pero no confundidos con amigos, además se trata de estar disponibles, no de programar charlas. La realización de actividades compartidas ayuda a la comunicación (practicar deporte; lavar el coche; cocinar…).
El adolescente se ve en los ojos de los otros, también en los nuestros, ¿qué ve?, ¿cariño; impotencia; rabia; envidia; comprensión; intolerancia? La prevención se llama correcta educación, pues bien, antes de formar a los hijos, los adultos hemos de mantener un diálogo interno: ¿pensamos lo que sentimos? ¿sentimos lo que pensamos?
Ayudemos a los hijos a forjar buenos sentimientos, a dirigir la mente, a dominar las emociones. Mostrémosles confianza, pidámosles un favor, retirémonos cuando no nos necesitan, recordando que hay momentos donde quieren relacionarse con sus pares, no tanto con sus padres.
Hay que educar en todo momento, más con los actos que con la palabra. La educación es la inversión más importante que todo padre puede hacer en un hijo.
Javier Urra
Dr. en Psicología. Dr. en Ciencias de la Salud
Académico de Número de la Academia de Psicología de España
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