El estancamiento militar en Ucrania, la caída de popularidad y las luchas internas en el Kremlin alimentan la sensación de que el sistema entra en desgaste
La 'Parada de la Derrota': el desfile que dejó al descubierto la fragilidad de Putin
El estancamiento militar en Ucrania, la caída de popularidad y las luchas internas en el Kremlin alimentan la sensación de que el sistema entra en desgaste
Durante más de dos décadas, el presidente ruso, Vladimir Putin construyó una imagen de poder absoluto basada en el control político, la estabilidad económica y el nacionalismo militar. Sin embargo, tres años después del inicio de la guerra en Ucrania, esa imagen comienza a mostrar grietas que ya no pasan desapercibidas ni siquiera dentro de Rusia.
El símbolo más evidente de esa debilidad quedó reflejado este 9 de mayo en Moscú, durante el tradicional desfile del Día de la Victoria sobre la Alemania nazi. Lo que históricamente ha sido una exhibición de fuerza militar y orgullo patriótico terminó convertido, para muchos analistas y opositores, en una auténtica 'Parada de la Derrota'.
La celebración del 81º aniversario de la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial estuvo marcada por las ausencias y las medidas de seguridad extremas. Apenas hubo armamento pesado en la Plaza Roja, faltaron muchos invitados internacionales y se suspendió la tradicional marcha popular del 'Regimiento Inmortal', en la que millones de ciudadanos desfilaban con fotografías de familiares que combatieron en la guerra.
A ello se sumó el bloqueo de internet móvil en Moscú y otras regiones, una medida adoptada por temor a ataques con drones ucranianos. La escena dejó una sensación inédita: el Kremlin ya no transmite seguridad ni control absoluto sobre su propio territorio.
Un poder cada vez más cuestionado
La guerra en Ucrania, que Moscú esperaba resolver en pocos meses, se ha convertido en un conflicto largo y costoso que erosiona lentamente la autoridad de Putin. La esperada ofensiva rusa de primavera no logró avances decisivos y la conquista total del Donbás sigue lejos de cumplirse.
Mientras tanto, las cifras humanas son devastadoras. Según estimaciones de medios independientes rusos como Meduza y Mediazona, las bajas rusas podrían superar los 352.000 muertos entre soldados de 18 y 59 años hasta finales de 2025. Un coste difícil de ocultar incluso para la maquinaria propagandística estatal.
El desgaste también empieza a sentirse en la economía. Los ingresos por exportaciones de petróleo y gas -clave para financiar el esfuerzo bélico-, habrían caído más de un 38 % en los primeros meses del año, limitando la capacidad financiera del Kremlin en un momento especialmente delicado.
Las grietas dentro del Kremlin
La presión no solo llega desde el frente militar. En el interior del sistema ruso crecen las tensiones entre distintas élites de poder. Medios internacionales y fuentes cercanas al Kremlin hablan de enfrentamientos entre el Estado Mayor del Ejército y los servicios de seguridad, mientras oligarcas y altos funcionarios intentan proteger sus posiciones ante un futuro incierto.
En ese contexto, el nombre de Sergei Shoigu vuelve a aparecer con fuerza. El antiguo ministro de Defensa, apartado del cargo tras múltiples escándalos de corrupción, es señalado por algunos analistas como una figura clave en las disputas internas del régimen.
También crece el temor dentro del círculo cercano a Putin sobre posibles movimientos para garantizar una transición de poder controlada si la situación empeora. Aunque hablar de un golpe palaciego sigue siendo un tema tabú en Rusia, el simple hecho de que esa posibilidad circule entre analistas y diplomáticos europeos refleja hasta qué punto la estabilidad del sistema ya no parece intocable.
El fin de la 'magia' de Putin
Uno de los análisis más repetidos en las últimas semanas es que Putin ha perdido la capacidad de proyectar invulnerabilidad. El politólogo ruso Alexandr Báunov resume esa idea con una frase contundente: "Putin está perdiendo su magia".
Según el experto, cada decisión adoptada por el Kremlin para reforzar el control político termina acelerando el desgaste del propio sistema. El bloqueo de internet, la censura y la creciente represión ya no generan sensación de fortaleza, sino de miedo.
Además, una parte importante de la sociedad rusa comienza a percibir que el modelo construido durante los últimos 25 años muestra signos de agotamiento. La propaganda sigue existiendo, pero ya no logra ocultar por completo las dificultades económicas, el impacto humano de la guerra ni la falta de resultados militares claros.
¿Cambio de era en Rusia?
Todavía parece prematuro hablar del final inmediato del poder de Putin. El Kremlin mantiene un enorme aparato de control político, policial y mediático. Sin embargo, por primera vez desde el inicio de la invasión de Ucrania, varios analistas coinciden en que la sensación de desgaste ya es visible tanto dentro como fuera de Rusia.
La gran incógnita es cómo evolucionará ese desgaste: si derivará en una transición pactada dentro del propio sistema, en una etapa de apertura gradual o en un endurecimiento todavía mayor del régimen.
Lo que sí parece claro es que el desfile militar que durante años simbolizó la fuerza de Rusia terminó dejando una imagen muy distinta: la de un poder que empieza a parecer vulnerable incluso ante sus propios ciudadanos.
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