El Gobierno regional exige una revisión independiente de las autorizaciones ambientales y reclama más control autonómico
O ahora o nunca
El ciudadano común -ese 'perrito sin alma', como se ha dicho- no desea ni un PP en solitario ni un VOX extremizado. Lo que quiere es una coalición responsable
En las décadas previas a la unificación del espacio liberal-conservador en España, la derecha vivía sumida en una fragmentación crónica. Una multiplicidad de formaciones -PDP, PLE, UCD, AP- se disputaban liderazgos, programas y electorados, imposibilitando cualquier proyecto de gobierno estable. Fue en ese contexto cuando Manuel Fraga Iribarne comenzó a hablar de una 'mayoría natural', una intuición estratégica que solo José María Aznar supo convertir en realidad. Con inteligencia política y gracias a la generosidad de Fraga y otros líderes, en 1989 nació el Partido Popular, como intento serio de vertebrar una alternativa de Estado.
En aquellos años, algunos fuimos convocados a participar en aquella empresa. Declinamos. No por desinterés, sino por convicción: entendíamos que servir exige preparación, y que integrarse sin estar formado era condenarse a servirse sin servir. Preferimos esperar.
El punto de inflexión llegó el 11 de marzo de 2004. La izquierda aprovechó el mayor atentado terrorista de nuestra historia no solo para cambiar el gobierno, sino para reorientar la democracia, la política exterior e incluso la narrativa histórica. Fue entonces cuando muchos nos afiliamos al PP, entendido aún como instrumento de un proyecto liberal-conservador al servicio de una España fuerte en el mundo y libre en su unidad nacional.
Pero ese proyecto se fue diluyendo. Cuando en 2011 Mariano Rajoy accedió al gobierno, comenzó una progresiva expulsión de las alas liberal y conservadora del partido. El PP se transformó en una formación de centro moderado, burocratizada y desconectada de sus principios fundacionales. Muchos ciudadanos, yo entre ellos, nos sentimos traicionados. Y abandonamos el partido. En silencio. Sin reproches. Sin teatralidades.
De ese vacío nació, hacia 2014, un nuevo intento en Salamanca: con ilusión, esfuerzo, sin esperar nada a cambio, lideré, construí y presenté un proyecto destinado a recuperar los principios olvidados -división de poderes, controles democráticos efectivos, libertad de elección en sanidad, educación y empresa, y reducción de un Estado elefantiásico que ha dejado de servir al ciudadano para imponérsele-. Aquel esfuerzo fue el parto o nacimiento de VOX.
Mi compromiso como primer coordinador-presidente de VOX en Salamanca tenía una duración autoimpuesta de dos años. Cumplido el plazo, cedí el testigo. Mi sucesor asumió el mismo compromiso. Pero poco después, el puesto fue ocupado por una figura que prefiero no nombrar, quien se rodeó de adláteres que, como Bruto lo traicionaron y, aprovechando el tirón nacional del partido, se han atrincherado en el cargo contra viento y marea.
Con el tiempo, VOX comenzó a coquetear con figuras como Marine Le Pen, a asumir con complacencia la etiqueta de 'extrema derecha' y, lo que es más grave, a dejar de servir a España para servir a otros intereses. Ante esa deriva, y una vez más en silencio, decidí abandonar el partido. Sí manifesté mi discrepancia en los foros internos, pero fui ignorado o despreciado: por la secretaría general, por la Presidencia, por miembros del CEN. "Yo no participo de esto; no me eches en cara nada", fue la respuesta más honesta que recibí.
Años después, he hecho pública mi oposición a un VOX transformado en algo desconocido para mí. Un partido que ha provocado la salida silenciosa de figuras como Alejo Vidal-Quadras o Iván Espinosa de los Monteros, quienes también han denunciado la pérdida de su carácter liberal y democrático en favor de un conservadurismo extremo. Y sin embargo, quien hoy más crítica esa deriva es precisamente Ortega Smith, quien durante años la practicó y consolidó. Con él discrepo abiertamente: quien ocupa responsabilidades tiene el deber de intentar cambiar desde dentro lo que considera erróneo; si no lo logra, debe marcharse. Pero no puede quejarse después de lo que él mismo construyó y consintió. Hay que saber irse. Y él no supo.
Pese a todo, sigo convencido de que, como afirmaba Fraga, es necesario conformar una mayoría natural. Así lo reclaman los electores, hartos de un PP que navega a la deriva bajo el liderazgo de Alberto Núñez Feijóo, quien permite la autonomía de baronías regionales heredadas del rajoyismo o del sorayismo, sin lograr imprimir dirección ni unidad. Al mismo tiempo, VOX no consigue el respaldo ciudadano que aspira, quedándose lejos de ser una alternativa real -algo que, por lo demás, tampoco parece buscar-, mientras la izquierda se reconfigura en torno a un PSOE desplazado hacia la extrema izquierda, alianzado con las fuerzas más radicales con el único fin de perpetuar a Pedro Sánchez en el poder.
El ciudadano común -ese 'perrito sin alma', como se ha dicho- no desea ni un PP en solitario ni un VOX extremizado. Lo que quiere es una coalición responsable del centro-derecha capaz de neutralizar el riesgo que representa Sánchez para la reorientación de España. Y si los actuales actores no son capaces de lograrlo, deberán surgir otros partidos, otros proyectos y otros liderazgos dispuestos a dar un paso al frente. No para eliminar a VOX ni al PP, sino para actuar como eje liberal que los obligue a reencontrarse, como ya ocurriera en su día, exigiéndoles la grandeza necesaria para superar personalismos, mentiras envueltas en grandilocuencia, egos desmedidos y ambiciones particulares.
El único denominador común debe ser España: libre, democráticamente fuerte, dotada de una Administración eficiente, eficaz y proporcionada a las necesidades reales; con apoyo directo a la empresa y al trabajador, sin intermediarios innecesarios; y con un verdadero contrato social vinculante entre Estado y ciudadano.
El tiempo se agota. O se asumen con celeridad las demandas ciudadanas expresadas recientemente en Aragón, Extremadura y Castilla y León, o continuará gobernando el Sanchismo, que no dudará en aliarse con quien sea necesario -vendiendo, si hace falta, hasta la ropa interior de su propia mujer- con tal de perpetuarse. Y lo hará destruyendo definitivamente la democracia y la libertad en esta España nuestra, abocada a convertirse en la Cuba o la Venezuela de Europa. Destino al que, por desgracia, nos dirigimos a marchas forzadas.
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