Elena Fragío, superviviente de Adamuz: "A mí me han quitado hasta mi cara"

La joven onubense relata en Adamuz, el último tren las secuelas físicas y emocionales del accidente que cambió su vida para siempre y en el que murieron 46 personas

imagen
Elena Fragío, superviviente de Adamuz: "A mí me han quitado hasta mi cara"
Natalia Ríos
Lectura estimada: 3 min.
Última actualización: 

Elena Fragío es una joven onubense de 28 años que vio cómo su vida se partía en dos el 18 de enero de este año. Esta licenciada en Criminología es una superviviente del accidente ferroviario que costó la vida a 46 personas y ahora acaba de publicar 'Adamuz, el último tren' (Editorial Niebla), un testimonio de resistencia y reconstrucción.

En una entrevista con EFE, Elena Fragío cuenta que el accidente de Adamuz (Córdoba) sigue sonando en su cabeza en forma de gritos, de teléfonos móviles que no dejan de sonar y de una presión constante que todavía la despierta sobresaltada.

Elena volvía de Madrid a Huelva tras presentarse a unas oposiciones a funcionaria de prisiones, el sueño que había perseguido durante mucho tiempo. Hoy sabe que las secuelas físicas que le ha dejado el accidente le impedirán ejercer esa profesión.

El libro nació como un intento de ordenar los recuerdos que la desbordaban durante los 103 días que pasó inmovilizada en una cama y, aunque empezó a escribirlo como un diario, luego vio que "aquello podía llegar más lejos".

Atrapada en el vagón 1

La joven, que viajaba en el vagón 1 del Alvia que cayó a un terraplén tras chocar con un tren de alta velocidad, permaneció atrapada en el interior durante una hora y media. "No veía nada, la oscuridad era absoluta", rememora.

Tampoco escuchaba con claridad. El impacto le había perforado el tímpano y un pitido constante dominaba cualquier otro sonido.

"Intentaba ubicarme tocando todo lo que tenía alrededor -relata- pero solo encontraba hierro y cristal". Comenzó a percatarse de las múltiples heridas que sufría, sentía correr la sangre por el rostro y las piernas y algo más difícil de describir: "el miedo a morir".

Entonces, una chica la agarró y le preguntó si estaba viva, y ahí fue cuando Elena dejó de pensar que era un sueño: aquel primer contacto "nos sirvió a las dos, dejamos de sentirnos solas".

También recuerda cómo muchos pasajeros "corrían hacia el caos" para intentar ayudar y cómo, al ver a un compañero de academia iluminado por una linterna tras una hora y media de oscuridad absoluta, gritó su nombre. Fue arrastrada fuera del vagón, pero sus piernas ya no respondían.

Desde el exterior observó cómo improvisaban camillas utilizando los asientos arrancados del tren para trasladar a los heridos. Ahora, muestra su admiración hacia esas personas porque "en medio de todo aquello todavía eran capaces de pensar cómo ayudar a los demás".

También recuerda a un hombre con un chaquetón amarillo que le prestó su teléfono móvil para llamar a sus padres y decirles algo fundamental: que seguía viva.

Tras horas de carretera desde Huelva, su padre consiguió llegar a la camilla en la que era evacuada al hospital, pero no logró reconocerla porque tenía el rostro cubierto de sangre, inflamado por los golpes y estaba cubierta con mantas térmicas. "Fátima, no es Elena", llegó a decirle su padre a su madre.

Las secuelas

Elena ha perdido un 40% de audición en ambos oídos de forma irreversible. Además, lleva varios tornillos y clavos en la pelvis y el sacro que condicionarán su movilidad futura.

La cicatriz que atraviesa su rostro, de nueve centímetros, constituye otra de las heridas más visibles."A mí me han quitado hasta mi cara", afirma.

Todavía hoy le cuesta mirarse al espejo y durante mucho tiempo fue incapaz de retirar las tiras que cubren la cicatriz. Cuando camina por la calle siente que los demás la observan, aunque sabe que es una percepción nacida del trauma.

Como superviviente el accidente, reconoce que no sabe si fue "suerte, un milagro o que no era mi destino, pero la culpa no se va", dice cuando recuerda que los fallecidos "tenían familias, proyectos, trabajos y sueños, como yo".

Durante su ingreso hospitalario, esta culpa llegó a manifestarse en detalles cotidianos como cortarse el pelo por encima de los hombros porque se lo había manchado con sangre que no era suya y aquello le "hacía sentir todavía más culpable".

A pesar de todo, Elena insiste en que su herramienta principal para superar el dolor y el trauma ha sido el humor. En la Unidad de Cuidados Intensivos, cuando le preguntaban cómo estaba contestaba con ironía: "como si me hubiera atropellado un tren".

0 Comentarios

* Los comentarios sin iniciar sesión estarán a la espera de aprobación
Mobile App
X

Descarga la app de Grupo Tribuna

y estarás más cerca de toda nuestra actualidad.

Mobile App