La nueva era de Barcelona vs Escuela de Salamanca

La historia de España ofrece antecedentes suficientes para comprender los riesgos de ciertos proyectos ideológicos

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La nueva era de Barcelona vs Escuela de Salamanca
Pedro Sánchez y Lula (EFE)
El autor esEnrique De Santiago
Enrique De Santiago
Lectura estimada: 4 min.
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Barcelona fue durante décadas una de las ciudades más abiertas, integradoras y avanzadas de la cultura. Con el tiempo, sin embargo, ha ido perdiendo parte de esa condición hasta convertirse en una versión empobrecida de sí misma, menos fiel a su tradición de convivencia y más dispuesta a adoptar dinámicas excluyentes y desintegradoras. Ahora Pedro se reúne con sectores de la peor condición moral y política: asesinos, corruptos, delincuentes y sectarios que propugnan las dictaduras que se presentan como democracia popular, rememorando las repúblicas populares del comunismo de la URSS más caduco y de lo más intolerante, exaltados fanáticos del poder del Estado frente a la libertad de los ciudadanos.

La cuestión de fondo no es Trump, un loco ciclotímico, o dictadores 'populares' como Xi Jinping, el osito de peluche asesino, o Putin, el dirigente cruel de la KGB. La verdadera disyuntiva consiste en decidir si Europa y España quieren situarse del lado del liberalismo económico y de la libertad individual, o del lado de un Estado que interviene, ordena y condiciona la vida de los ciudadanos hasta reducirlos a meros subordinados. Esa elección no es menor: define el modelo de sociedad, la distribución del poder y el alcance real de los derechos. Es la libertad del individuo o la dictadura del Estado, que ordena la vida y la economía de los 'perritos sin alma'.

La posición de Europa, en esta realidad, no puede permanecer en la ambigüedad. Debe fortalecer su capacidad de defensa con mayor coordinación, con más responsabilidad y con una arquitectura institucional más sólida, pues la defensa común no puede descansar indefinidamente sobre la aportación ajena ni sobre la renuncia propia. Europa debería de situarse, sin fisuras, sin disputas cainitas o enfrentamientos caducos, del lado de la libertad. Europa debe de posicionarse en su propio territorio, sus propias exigencias sociales, económicas y políticas aceptando el apoyo de USA, apoyando a EEUU sin fisuras, sin sometimientos exigidos por Trump, pero muy lejos de los enemigos que no son otros que el islamismo radical de Hamas, el comunismo de Putin y de Xi Jinping que son el mismo perro con distinto collar que nos quieren someter.

La historia de España ofrece antecedentes suficientes para comprender los riesgos de ciertos proyectos ideológicos. La Guerra Civil, en el terreno internacional, fue un laboratorio de pruebas de unos y otros, en el que Rusia y la izquierda nacional querían construir una democracia popular integrable en la URSS, y así se denominaron 'frente popular', ante los que se alzaron algunos militares nacionales, que además se denominaron 'bando nacional' a los que miraron con buenos ojos los fascismos internacionales que después se sintieron traicionados por la negativa de Franco a posicionarse en la Guerra Mundial. Aquella experiencia demuestra hasta qué punto las grandes corrientes ideológicas pueden instrumentalizar un Estado cuando éste carece de claridad doctrinal y de fortaleza institucional.

En este contexto, preocupa que se pretenda reconstruir un relato político basado en alianzas con regímenes y líderes que representan modelos incompatibles con una democracia liberal plena. Así, pareciese que Pedro desease resucitar ese pasado y construir ese nuevo futuro entre los dictadores populares del mundo: Cuba, Venezuela, Méjico, Brasil, que tienen un proyecto común y una ambición que les une en pos de las nuevas dictaduras populares remasterizadas de las clásicas. Pero, si ese es su proyecto y su ambición, dudo mucho que los españoles, incluidos los de izquierda, estén por la labor impulsada por Pedro, en pos de un protagonismo internacional del que carece y un declive nacional que empieza a sentir demasiado cerca en lo político y en lo legal.

Se reúne con delincuentes condenados por corrupción como Lula; guerrilleros antivacunas, como Petro, antiguo dirigente del grupo terrorista M-19; exaltadas indigenistas como Sheinbaum o caducos personajes de la izquierda que buscan su segundo minuto de gloria, como Costa, en lo que ha dado en llamar pomposamente Global Progressive Movilitation. Pero se queda en un simple plan de autobombo que no moviliza más que a esos personajes defensores de la dictadura comunista que ahora se esconde tras las democracias populares sometedoras de los pueblos que además los lleva a la pobreza y la ruina.

La respuesta de la derecha debe de ser, por tanto, jurídica, institucional y política. Jurídica porque el poder ha de someterse a la ley y articular modelos de control político que fortalezcan la democracia. Institucional, porque la Administración debe actuar con profesionalidad, neutralidad y respeto al mérito y capacidad. Y política porque la nación sólo puede sostenerse con un proyecto claro de defensa de la libertad, de la propiedad, de la seguridad y de los derechos fundamentales.       

El poder de la derecha es la defensa de la libertad y el abandono de banderas de segundo nivel y desintegradoras, para defender España con un pasado muy grande y con ambición de libertad; defender la vida del ciudadano y su desarrollo; defender la propiedad y su ejercicio; defender una economía social y libre; defender un Estado que garantice los servicios sociales básicos y ayude al que lo precise con una administración ajustada a las necesidades del ciudadano al que debe de servir.

España necesita una doctrina de Estado que no confunda progreso con propaganda ni convivencia con resignación. La fortaleza nacional no se construye desde el sectarismo, sino desde la defensa de los principios que permiten a una sociedad vivir en libertad, con instituciones estables, con responsabilidad compartida y con respeto a la dignidad de la persona. En ese marco, recuperar la tradición intelectual de la Escuela de Salamanca no es un gesto retórico, sino una apelación a una idea del Derecho y de la política fundada en la razón, la medida y la limitación del poder.

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