Los Tocones
Allá abajo, el Guadiana se teñía de la sangre de los cadáveres de soldados caídos en la confrontación a muerte librada entre las poderosas huestes de dos ejércitos, el islámico y el cristiano, que se arrogaban entrar en lid en el nombre del Señor a quien dirigían sus respectivas preces. Solemnemente juramentados a no capitular mientras uno solo de ellos quedase vivo, de sus heridas rojas por hendiduras de estocadas o venablos se había escapado la vida hasta vaciarse por completo, y ahora flotaban como pellejos de vino hueros tras una prolongada fiesta en la que se acaba por olvidar qué se celebra.
Sobre un estratégico cerro junto al castillo de Alarcos, Ibáñez Nuño, montando gallardamente su cabalgadura, portaba orgulloso el ostensible pendón de la ciudad de Ávila, mientras el viento lo ondeaba ante la mirada feroz de las hordas de contendientes enemigos, ubicados tan cerca ya, que en su ángulo de visión se confundían con sus propios correligionarios. Era consciente de que la situación comenzaba a ser desesperada y pronto vendrían a intentar arrebatarle la enseña, por su valor simbólico. En su fuero interno se conjuró para evitarlo, dispuesto a asumir cualquier coste.
El bravo guerrero visualizaba en su imaginación, entre el fragor de los cuernos, el mortífero silbido de las ballestas y el choque de los metales de las espadas, cómo mientras miles de seres humanos, sudorosos y aterrados, se debatían violentamente entre la vida y la muerte sobre un terreno yermo, poblado de hierbajos ralos, mucho más allá de donde alcanzaba la vista dos deidades jugaban al ajedrez a salvo, sobre un tablero en medio de un salón, sentados confortablemente entre almohadones ante la chimenea y con viandas sazonadas y dispuestas en una mesa auxiliar, mientras un trovador amenizaba la velada. Ninguno dedicando un solo segundo a lamentar los peones que, según avanzaba la partida, eran tirados sobre las casillas y arrojados fuera del cuadrado de madera, en un cruel descarte; ni a considerar los sueños y aspiraciones que desaparecían con ellos, ni mucho menos reparar en sus familias desconsoladas, aguardando noticias a kilómetros de distancia. Volvían oídos sordos cuando estas piezas que sufrían el riesgo del torneo se les encomendaban con humildad, y les rogaban de hinojos les insuflasen fuerzas y concediesen la fortuna de salir indemnes. Con gelidez los apartaban de un manotazo, juzgándolos un mero instrumento de su diversión, que desaparecía de sus mentes cuando los retornaban a la caja para ser encerrados, al finiquitar el entretenimiento y prepararse para el siguiente.
Ahuyentando ese doloroso pensamiento, Ibáñez Nuño concluyó su ensoñación y miró a sus hombres con satisfacción, mientras estos se batían con fiereza. Capitaneaba la milicia concejil de Ávila, formada por doscientos caballeros como doscientos soles, de los linajes más preclaros y de más rancio abolengo de la urbe, con quienes se había criado, y entre los que se hallaban sus familiares y sus mejores amigos, hermanos de armas y andanzas desde sus primeras memorias. Los acompañaba el prelado de la diócesis abulense, monseñor Juan, para infundirles coraje con su presencia y protección con sus interpelaciones al Altísimo. Poco versado en las artes militares, lo suplía con su dignidad y su determinación a no abandonar a su grey ni un segundo, compartiendo con ellos su mismo destino
Una gran congregación de cristianos, conformada por más de 25.000 integrantes, dirían algunos cronistas, se había dado cita en aquel paraje, en la calurosa jornada del 19 de julio del año del Señor de 1195, con el encargo de poner coto al poder infiel del Imperio Almohade, que desde hacía 31 años regía con puño de hierro su invicto caudillo Yusuf II.
Habían respondido a la convocatoria de Alfonso VIII, monarca del Reino de Castilla durante 36 años, entronizado con apenas tres, en un contexto de turbulenta guerra civil al que sobreviviría, lo que lograría endurecerle para acometer la relevante y exigente misión que le había asignado el Todopoderoso.
Aunque los sarracenos reunidos en Alarcos por el Miramamolín superaban ampliamente a los cruzados en número, estos fueron conminados por su enfebrecido monarca a lanzarse al ataque de inmediato, sin esperar a que se les unieran los apoyos, ya en camino, de los reinos de León y Navarra, enviados por sus majestades Alfonso IX y Sancho VII. El adalid de Ávila ni se planteó cuestionar la orden de su soberano, pues este ceñía la corona por designación divina; pero el evidente desequilibrio de fuerzas, patente desde un principio, al que su alteza hacía caso omiso, nubló su ánimo.

El paso de las horas bajo un sol de justicia, con la deshidratación y el cansancio acumulados y soportando la carga de las cotas de mallas, las lanzas y los escudos durante la encarnizada pugna, fue haciendo mella en el ejército castellano y mermando la moral colectiva. El movimiento inicial de la caballería pesada cristiana fue embestir frontalmente a la musulmana, mucho más ligera, acción que esta, con su agilidad, aprovechó hábilmente para situar a todos los efectivos que no quedaron destruidos en esa primera carga, envolviendo a los combatientes de Alfonso VIII. La emboscada por ambos flancos permitió a los arqueros islámicos causar irreparables estragos a sus oponentes y producirles elevadas bajas. Fue tal la polvareda que levantaron los cascos de los equinos en su desesperación por salir de esa encrucijada maldita, sin poder casi maniobrar con la aparatosidad de su pertrecho, que el cielo se oscureció hasta semejar anochecido y el aire se volvió irrespirable.
Aniquilada casi por entero la caballería castellana, los islamitas se dirigieron hacia la infantería. Las tropas de los seguidores de Cristo, viendo que los refuerzos no acababan de hacer su entrada y que sus circunstancias eran de clara inferioridad, retrocedieron hacia el castillo de Alarcos, parapetándose tras la muralla que estaba en proceso de construcción.
El valeroso capitán abulense observó cómo las huestes del califa llegaban, en sobrecogedora cantidad y envalentonados por lo favorablemente que se les iba desenvolviendo la lucha, a ensañarse con los cristianos refugiados en ese punto, donde el alférez mayor del rey, Diego López de Haro, no vio otra alternativa para evitar una masacre que tocar retirada. Pero los mahometanos se abalanzaban ya, con el objetivo de devastar sus posiciones sin darles tiempo a replegarse.
El obispo de Ávila comenzó a rezar en voz alta, invocando fervorosamente a Santiago, que había hecho su determinante aparición salvadora en la batalla de Clavijo; a San Isidoro, que había descendido desde las nubes a decantar la balanza en la de Baeza, y a San Millán, cuya milagrosa concurrencia había sido decisiva en la contienda en Simancas. Incluyó en su súplica también a San Segundo, aquel primer prelado de la ciudad amurallada, que fue mártir por su fe. Pero los designios del cielo son inescrutables y ninguno de los santos varones apelados se materializó ante sus angustiadas plegarias. Monseñor comprendió entonces, como un relámpago, que se habían quedado solos, apenas un puñado de hombres encarando un episodio trascendental de la historia.
Alfonso VIII, claudicando ante la insistencia de sus caballeros más cercanos por preservar la estabilidad dinástica, accedió a huir hacia Toledo, pues de haber permanecido allí en las postrimerías de la debacle, sin duda habría sido muerto.
En ese crítico momento de las hostilidades, en el que parecía que los musulmanes aplastarían a los restos del ejército cristiano, el capitán Ibáñez Nuño, sobre su veloz rocín, se situó en un lugar prominente, blandiendo el pendón avilés, en una maniobra de distracción del enemigo, para atraer su atención. Sus compañeros, viendo el peligro que corría su líder, acudieron de inmediato junto a él con la intención de cubrirle, pero los raudos almohades le abordaron primero y con el tajo limpio de una recia espada, cruelmente le cortaron ambas manos, para hacerse con el pendón como gesto definitivo de victoria.
Profiriendo un desgarrador grito de dolor tras la amputación y extrayendo de sus entrañas una descomunal resistencia sobrehumana, Ibáñez Nuño asió el asta de la divisa con sus muñones o tocones, espoleó a su corcel con sus pies y audazmente partió con el estandarte intacto para ponerlo fuera del alcance de sus incontables agresores, mientras los doscientos milicianos abulenses y su obispo se batían el acero valientemente con ellos, permitiendo con su sacrificio que el resto de sus correligionarios contaran con los segundos que les permitieran escapar de ese infierno, aunque en aras de ello, debieran inmolarse y dejar sus vidas clavadas en esa llanura manchega, que muchos siglos después recorrería el personaje más señero de toda la literatura hispánica.

Asaeteado el caballo de Ibáñez Nuño, el noble animal se desplomó, gimiendo en su supremo padecimiento, que culminó con un gigantesco estertor. Su jinete cayó también al suelo mientras se desangraba, desfallecido de dolor, y con sus flaqueantes fuerzas movió la enseña hasta cubrirse con ella, exhalando su postrero aliento bajo la tela que representaba la tierra que tanto amaba, como el abrazo protector de una madre. Su última lucidez fue la pena de que, privado de ambas manos, no podría jamás volver a acariciar a su mujer y sus hijos pequeños. Con sus párpados entreabiertos cediendo ya al plomo de la muerte, creyó atisbar la vecindad de una figura sobrenatural envuelta en un halo de luz, que tomó por San Segundo, y que le transmitía esperanza, al prometerle con calidez: "Volverás a acariciarlos un día en el paraíso". "¡No nos habíais dejado solos!", pensó, agradecido y aliviado. Su corazón dio un vuelco de alegría en su latido final. Quienes lo vieron muerto, percibieron que sus labios estaban curvados en una leve sonrisa.
La confrontación pasaría a la historiografía cruzada como 'el Desastre de Alarcos', calificada por muchos como su mayor derrota en la Reconquista. En el punto de vista opuesto, Yusuf II incorporó el triunfo a su palmarés, haciendo que se le conociera para la posteridad con el sobrenombre de Al-Mansur, el victorioso. Once años antes, había iniciado la construcción de la Giralda en Sevilla, concebida como alminar de la mezquita mayor. Tras imponerse en Alarcos, mandó coronarla con cuatro esferas de bronce dorado que reflejaban la luz a kilómetros, emblemas de la victoria para recordatorio perenne de las gentes que las vislumbraran.
Lo más florido y granado de la nobleza de Castilla pereció en ese día aciago, quedando diezmadas sus estirpes más aristocráticas. Una inmensa fosa de despojos abierta al pie del castillo acogería los cuerpos de hombres y bestias por igual, como deglutidos por las fauces de un enorme y terrible monstruo hambriento. En atención a la abnegada gesta de Ibáñez Nuño y para perpetuo recuerdo de ella, Alfonso VIII otorgó el apellido Tocón a su linaje y como armas de la familia, una torre almenada en el anverso, y un caballero sobre su montura en el reverso. Esa imagen de la bizarría de uno de sus hijos más insignes, cuyo valor permitió salvar innumerables vidas humanas, se elevó asimismo a la honrosa categoría de blasón representativo de la ciudad de Ávila.
A resultas de la tragedia, Castilla quedó sumida en una profunda crisis, pero su población, con arrojo y determinación, logró ir revertiendo sus efectos. El califa falleció en 1199, lo que le evitaría el trago de ver cómo el paso del tiempo acababa por recomponer el equilibrio hasta girar las tornas. En 1212, el rey Alfonso VIII se desquitaría derrotando a los almohades en la batalla de Las Navas de Tolosa, en Jaén, en la que su majestad aseguraría había acudido en su ayuda, bajo envoltura de pastor, el mismísimo San Isidro Labrador. Sería un punto de inflexión del rumbo de los acontecimientos de la Reconquista a favor del grupo cruzado, aunque al monarca no le estaría concedido celebrar su prevalencia durante un largo plazo.
En 1214, cuando un peregrino llamado Francisco de Asís recalaba en Ávila en su recorrido por el Camino de Santiago y fundaba un pequeño convento de su orden mendicante, a Alfonso VIII, estando en ruta hacia Plasencia para encontrarse allí con su yerno, Alfonso II de Portugal, le sobrevino la muerte en la localidad abulense de Gutierre-Muñoz. Ese guiño del destino, o de la providencia, ligaba así la biografía de ese monarca para siempre a la tierra natal de los doscientos caballeros que heroicamente dieron la vida por él y su causa en Alarcos, como postrera acción de un esforzado combate. Señaladamente, el abanderado, que con su hazaña demostró albergar una lealtad y una resiliencia dignas de ser hurtadas al olvido.
Cuando Fernando III conquistó Sevilla en 1248, la mezquita se consagró como catedral cristiana y aquellas triunfalistas esferas doradas de la Giralda fueron eliminadas.
En 1517, el corregidor de Ávila, Bernal de la Mata, sustituiría el blasón de los Tocones por un nuevo escudo para la urbe, el que ha continuado hasta la actualidad, con el cimorro de la catedral y el rey niño. Pero el épico proceder de Ibáñez Nuño nunca desapareció de las crónicas ni de la memoria colectiva de la ciudad murada.


